La rapidez con que un relato puede cambiar es asombrosa. Hace apenas un año, la India tenía motivos para celebrar. El crecimiento era sólido. La inflación era moderada. El déficit en cuenta corriente era modesto. Los balances corporativos y bancarios eran los más sólidos en más de una década. El país había superado al Reino Unido para transformarse en la quinta economía más importante del mundo y parecía estar camino de superar a Japón. Gracias al impulso favorable de la estrategia China+1, en el marco de la cual las empresas multinacionales diversifican su producción para llegar a otros mercados además de China, la posibilidad de un milagro económico en la India se presentaba como una perspectiva fascinante.
Hoy, ese marcado optimismo se está enfrentando a una dura realidad. El drástico aumento de los precios del petróleo a raíz del conflicto en Oriente Medio ha dejado expuestas las vulnerabilidades estructurales de la India en materia de energía. El crecimiento ha perdido ímpetu, las presiones inflacionarias están cobrando fuerza y la rupia enfrenta una persistente presión a la baja. Las salidas de capital han debilitado al sector externo, la inversión privada no consigue despegar y el PIB de la India ha bajado al sexto lugar del mundo.
¿Es esta turbulencia el resultado de un shock externo temporal que se disipará una vez que las tensiones geopolíticas disminuyan? ¿O es una señal de alerta de que el celebrado momento ideal de la India se basaba en cimientos más frágiles de lo que muchos habían imaginado?
La respuesta tiene consecuencias de alcance mundial. En un contexto en que las empresas multinacionales buscan activamente alternativas estructurales a China y en que las economías avanzadas procuran encontrar nuevos motores de crecimiento, la situación de la India es excepcional. Es la nación más poblada del mundo, ostenta un perfil demográfico inigualable y se ha transformado en el ejemplo más reciente de un gran mercado emergente capaz de sostener un crecimiento rápido por décadas.
El relato del escenario ideal
Lo cierto es que el relato del escenario ideal no se basó en una exageración. Tras la pandemia, la India alcanzó tres objetivos que rara vez se logran simultáneamente: crecimiento elevado, consolidación fiscal y estabilidad macroeconómica. La tasa anual de crecimiento del PIB real, de un 7% en promedio, superaba a la de casi la totalidad de las demás economías comparables. Mientras tanto, la inflación de los precios al consumidor permanecía anclada en alrededor de un 5% —claramente dentro de la banda fijada como meta por el Banco de Reserva de la India— pese a los graves shocks de oferta ocurridos a nivel mundial.
Al mismo tiempo, el sector bancario había resuelto con éxito el problema de los balances gemelos de la década anterior. El volumen bruto de activos improductivos se redujo de un máximo superior al 11% a un mínimo de menos de un 3% que se extendió por varios años, y el nivel de endeudamiento de las empresas disminuyó notablemente, lo que permitió volver a la senda de la rentabilidad. Simultáneamente, el gobierno emprendió uno de los planes de mejora de la infraestructura más ambiciosos de la historia moderna. El gasto de capital como proporción del PIB aumentó rápidamente para financiar obras en carreteras, vías férreas y redes logísticas. Al mismo tiempo, la infraestructura digital pública del país —respaldada por el sistema Aadhaar, la interfaz unificada de pagos y el programa de transferencia directa de prestaciones— se transformó en un modelo mundial de finanzas digitales escalables y de bajo costo.
Para los optimistas, la conclusión parecía clara: el país había dado con la clave para lograr un crecimiento rápido sin toparse con obstáculos inflacionarios o en la balanza de pagos. No obstante, los vientos en contra actuales arrojan dudas sobre esa noción. La pregunta no es si la India ha logrado progresos espectaculares; nadie lo pone en duda. El meollo de la cuestión es si ese éxito será estructuralmente suficiente para que la economía ingrese a una trayectoria autosostenida y permanente de mayor crecimiento.
Las principales vulnerabilidades estructurales son tres.
Falta de inversión privada
La primera es la falta de inversión privada. Históricamente, el motor de cada una de las aceleraciones importantes del crecimiento en la India moderna ha sido la inversión privada. El sólido crecimiento registrado a mediados de la década de 2000 obedeció principalmente a un enorme aumento del gasto de capital del sector empresarial privado. Hoy, ese ingrediente vital brilla por su ausencia. Aunque la tasa de inversión general de la India se sitúa en alrededor de un 33% del PIB —un nivel en teoría compatible con un crecimiento sólido—, la composición de esa inversión refleja un panorama distinto. La mayor parte del crecimiento reciente se relaciona con el gasto de capital del sector público, en tanto que la inversión del sector empresarial privado no logra superar el 11% del PIB, una cifra sensiblemente inferior al máximo histórico registrado en 2008, de casi un 17% del producto.
Este desequilibrio es importante, ya que aunque el gasto público puede reactivar una economía, no es capaz de sostenerla indefinidamente. Para que el desarrollo a largo plazo no genere presiones inflacionarias, es necesario que las empresas privadas inviertan capital en fábricas, en tecnologías propias y en nuevas cadenas de suministro.
El actual estancamiento es paradójico: las reservas empresariales en efectivo son sólidas, la situación contable de los bancos permite otorgar préstamos y la infraestructura física presenta mejoras sustanciales. Y pese a ello, los directorios de las empresas se siguen mostrando recelosos.
Esta debilidad no afecta a todo el sector empresarial por igual. La inversión se ha concentrado en un puñado de grupos empresariales de gran tamaño, en proyectos de energías renovables, en el sector de los servicios de telecomunicaciones, en centros de datos, en proyectos de ensamblaje de artículos electrónicos y en otros sectores que reciben incentivos del gobierno. Gran parte del sector empresarial más amplio, en particular las empresas manufactureras de mediano porte, sigue mostrándose vacilante.
Parte del problema radica en la falta de certezas sobre la demanda futura y los rendimientos previstos, a lo que se suma la fricción regulatoria. A pesar de las mejoras en la facilidad para hacer negocios, las empresas nacionales siguen teniendo que sortear cambios impredecibles en las políticas, complejidades referidas al cumplimiento y desigualdades en las condiciones.
Las inversiones de capital son apuestas a largo plazo sobre el futuro que las empresas realizan solo cuando están plenamente convencidas de que habrá demanda a largo plazo y de que el entorno regulatorio seguirá siendo estable. En ausencia de un ciclo sólido de inversión privada, sostener tasas de crecimiento por encima del 7% durante la próxima década será sumamente difícil.
Empleo y productividad
La segunda preocupación se refiere al desajuste entre el empleo y la productividad. El principal desafío que enfrenta el modelo económico de la India no es la tasa de crecimiento general del PIB, sino lograr que ese crecimiento genere empleo productivo para su enorme fuerza de trabajo.
El desacople estructural entre el producto y el empleo es cada vez más profundo. La agricultura representa apenas alrededor de un 15% del PIB, pero concentra a casi la mitad de la fuerza de trabajo. Mientras tanto, el sector manufacturero, que representa alrededor de un 13% del PIB, absorbe apenas a un 11% de los trabajadores. En el otro extremo del espectro, el sector moderno de alto valor, incluidos los ámbitos de la tecnología de la información, las finanzas y los servicios empresariales, genera alrededor de un 15% del PIB, aunque emplea directamente a apenas un 3% de la fuerza laboral.
Esta enorme brecha de productividad entre la agricultura y el resto de la economía se cuenta entre las más altas del mundo. Las transiciones económicas tradicionales —como las que han ocurrido en varias zonas de Asia Oriental— implican trasladar la mano de obra agrícola excedentaria y de escasa productividad al sector manufacturero, que requiere mucha mano de obra, y a los servicios modernos. En otros lugares, este proceso estructural ha dado lugar al surgimiento de una clase media de base amplia capaz de generar riqueza nacional sostenible sobre la base del consumo.
La trayectoria de la India no ha seguido este patrón. Si bien el país ha logrado establecer sectores de servicios altamente productivos y predominantes a nivel mundial —como en los ámbitos de las tecnologías de la información y los centros de capacidad global— y ha conquistado áreas específicas de marcado perfil tecnológico, como el ensamblaje de artículos electrónicos, la fabricación masiva no sale de su estancamiento. En consecuencia, el crecimiento se concentra principalmente en sectores de elevada productividad e intensidad de capital que exigen habilidades especializadas, pero que absorben un volumen relativamente bajo de mano de obra no calificada. La producción está aumentando, pero la creación de empleos formales de alta calidad no se ha mantenido al paso. Para los millones de jóvenes que ingresan al mercado laboral cada año, la tasa de crecimiento agregado del PIB del país es un factor absolutamente secundario frente a su acceso a medios de vida seguros con perspectivas de progreso.
¿De dónde vendrán los trabajos? La respuesta de la India apunta cada vez más al sector manufacturero, respaldado por iniciativas como “Make in India” y programas de incentivos basados en la producción. Los escépticos argumentan que, en el contexto actual —caracterizado por el proteccionismo, la relocalización y la automatización—, es más difícil replicar las antiguas historias de éxito basadas en las exportaciones, como las de Asia Oriental y particularmente de China.
Con todo, el sector manufacturero sigue ofreciendo un potencial único. Es el único sector capaz de absorber mano de obra a la escala que la India necesita. Sustituir con producción nacional apenas una parte de las importaciones procedentes de China, que superan los USD 100.000 millones anuales, alcanzaría para generar millones de empleos. Al mismo tiempo, la demanda mundial de bienes con un uso intensivo de mano de obra se mantiene firme, lo que sugiere que incluso pequeños incrementos del volumen de exportaciones podrían ampliar significativamente la producción y el empleo, siempre y cuando las empresas puedan aumentar la escala de sus operaciones e integrarse a las cadenas de valor mundiales.