El éxito de un modelo impulsado por la tecnología exige un crecimiento más equilibrado
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YANLIANG MIAO es director gerente principal y economista jefe del banco de inversión China International Capital Corporation. Anteriormente, fue economista jefe de la Administración Estatal de Divisas de China.
Las opiniones expresadas en los artículos y otros materiales pertenecen a los autores; no reflejan necesariamente la política del FMI.
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Muchos observadores externos creen que la economía china está estancada. Los motores que impulsaron el crecimiento durante décadas —la inversión inmobiliaria y en infraestructuras— están perdiendo fuerza. La demanda interna, el sector inmobiliario y la confianza de los consumidores se muestran débiles y presentan escasos indicios de recuperación. A juzgar por los indicadores agregados tradicionales, como el crecimiento del PIB nominal, el dinamismo de la economía china se está debilitando.
Sin embargo, una visión miope centrada en el viejo modelo de crecimiento económico impulsado por la inversión impide apreciar el surgimiento de una nueva economía basada en las nuevas tecnologías, las industrias verdes y la digitalización. Basta considerar lo que la oficina de estadística de China denomina las “tres nuevas economías”: nuevas industrias, nuevas modalidades empresariales y nuevos modelos de negocio, cuyo valor agregado conjunto aumentó alrededor de un 10% anual entre 2016 y 2024.
El gran avance logrado en 2025 por DeepSeek en el campo de la inteligencia artificial (IA) de bajo costo es un ejemplo de esta nueva economía. Otros ejemplos son los progresos realizados en los ámbitos de los vehículos eléctricos, las aeronaves comerciales, los medicamentos innovadores y la robótica. Desde la perspectiva de estas nuevas industrias, la competitividad industrial de China continúa fortaleciéndose y se perfila como el principal motor del crecimiento.
Este cambio ha pasado en buena medida desapercibido para los observadores extranjeros porque el antiguo motor se debilita más deprisa de lo que el nuevo puede llegar a sostener al conjunto de la economía. Esto explica que la demanda agregada y la confianza sigan siendo débiles pese al fortalecimiento de la competitividad de las nuevas industrias.
La política económica se está adaptando a este cambio. En el pasado, el gobierno respondía a la desaceleración del crecimiento incrementando el gasto y reduciendo los costos de endeudamiento para estimular la inversión. Pero ahora las autoridades económicas tratan de estabilizar el viejo modelo de crecimiento económico sin recurrir a los antiguos motores del sector inmobiliario y la inversión financiada mediante deuda. La transición económica ya es visible: su sostenibilidad dependerá de que China logre convertir el fortalecimiento de su capacidad productiva en un modelo de crecimiento más equilibrado, respaldado por los ingresos de los hogares, el consumo de servicios y la demanda interna.
Un gran banco de pruebas
¿Cómo puede China llevar a cabo esta transición? El punto de partida es la escala, tanto del lado de la demanda como del de la oferta.
Por el lado de la demanda, China constituye un banco de pruebas de dimensiones excepcionales. Una vez que las fábricas habían absorbido por completo el excedente de mano de obra agrícola, en torno al año 2010, la contracción de la oferta de mano de obra rural elevó los salarios y los ingresos, lo que contribuyó a que el consumo pasara de alrededor del 49% del PIB a aproximadamente el 57% en 2025.
La ventaja de China por el lado de la demanda también obedece a la disposición de los consumidores a adoptar nuevas tecnologías, tras haber visto cómo el país pasaba de ser una sociedad agraria a una industrial y digital en tan solo cuatro décadas. La combinación del tamaño del mercado y la rapidez en la adopción permite a las empresas probar productos a gran escala, recabar opiniones y comercializar innovaciones con rapidez. En 2025, los vehículos eléctricos representaron casi la mitad de las ventas de automóviles nuevos, y la IA generativa atrajo más de 600 millones de usuarios de todas las edades.
Por el lado de la oferta, la profundidad industrial y la capacidad de innovación posibilitan una ampliación de escala. La elevada concentración de conglomerados industriales permite que las empresas se especialicen y, al mismo tiempo, colaboren estrechamente con proveedores cercanos. En el delta del río Yangtsé, un fabricante de vehículos eléctricos puede obtener todos los componentes que necesita de proveedores situados en un radio de cuatro horas por carretera, lo que reduce los costos de coordinación y acorta el ciclo entre el diseño y la producción.
La capacidad de China para innovar también favorece su competitividad por el lado de la oferta. El gasto en investigación y desarrollo pasó de RMB 2,4 billones en 2020 a RMB 3,9 billones en 2025, lo que supone un aumento medio anual de alrededor del 10%. China ocupa actualmente el segundo lugar mundial en gasto en I+D y, desde hace 13 años, su fuerza laboral equivalente a tiempo completo en I+D es la más numerosa del mundo. Las empresas pueden distribuir los costos de investigación entre una escala mayor de producción, recurrir a una amplia reserva de ingenieros y transformar rápidamente las nuevas tecnologías en productos comerciales.
Una intensa competencia
El apoyo de China a la industria verde, en particular a los vehículos eléctricos, ha suscitado duras críticas internacionales. Según la interpretación predominante, el éxito del país obedece en gran medida a los subsidios. Sin embargo, esta visión es demasiado estrecha y no permite apreciar el panorama general. El apoyo público en las primeras etapas de una tecnología que genera claras externalidades positivas no es inusual ni carece de justificación: permite a las industrias emergentes competir con las empresas establecidas y ampliar su escala para reducir los costos.
Estados Unidos y Europa han hecho lo mismo mediante la Ley de Reducción de la Inflación y el Plan Industrial del Pacto Verde, respectivamente. Además, los programas de China se diseñaron para dejar que el mercado eligiera a los ganadores: los subsidios se concedían a los consumidores y los pagos estaban vinculados a las ventas de vehículos, con independencia de la marca. Tesla, que produce en su “gigafábrica” de Shanghái, fue uno de los mayores beneficiarios de estos subsidios entre 2016 y 2022.
Si los subsidios hubieran impulsado el éxito de los vehículos eléctricos chinos, el mercado mostraría la huella inequívoca de la protección estatal: una multitud de empresas mediocres mantenidas a flote gracias al apoyo público. Sin embargo, la industria china de los vehículos eléctricos se caracteriza por una competencia feroz. Empresas privadas como BYD, NIO, XPeng y Li Auto han competido entre sí, con fabricantes nacionales y extranjeros de larga trayectoria y con cientos de nuevos participantes, todos ellos disputándose la misma demanda subsidiada. De los 487 fabricantes de vehículos eléctricos que existían en 2018, solo alrededor de uno de cada diez seguía vendiendo vehículos de pasajeros en 2023. Los supervivientes salieron adelante gracias a las economías de escala, la rápida iteración tecnológica y una intensa competencia entre sus equipos de ingeniería. Las políticas públicas contribuyeron a crear el mercado, pero fue la competencia la que seleccionó a los ganadores.
Presión geopolítica
Las ventajas de China vienen de lejos. ¿Por qué, entonces, solo recientemente se han traducido en una modernización industrial más rápida? Por la interacción entre factores impulsores internos y externos. En el ámbito interno, las revoluciones verde y digital han dado lugar a mayores beneficios derivados de la ampliación de escala, la densidad de las cadenas de suministro y la rápida adopción de tecnologías. Y, en un mundo fragmentado, la resiliencia tiene cada vez más valor.
El primer factor impulsor interno es la transición verde. Los combustibles fósiles son finitos y suelen estar sujetos a crecientes costos marginales de extracción. El viento y el sol son inagotables, y las tecnologías que permiten aprovecharlos —paneles solares, aerogeneradores, baterías y vehículos eléctricos— son, por su propia naturaleza, productos manufacturados. Por tanto, se benefician de las economías de escala: el aumento de la producción permite distribuir los costos fijos, acelera el aprendizaje, reduce los costos unitarios y fomenta una mayor innovación. La transición verde ha amplificado las ventajas de China en cuanto al tamaño del mercado y la profundidad industrial.
El segundo factor impulsor interno es la transición hacia la IA. Si la transición verde refuerza las economías de escala en la producción, la transición hacia la IA hace lo propio a través del aprendizaje. Cuanto más amplia es la implantación de los modelos, más datos, opiniones de los usuarios y experiencia en ingeniería generan. Esto mejora las aplicaciones, reduce los costos de adopción y fomenta un mayor uso, creando un ciclo en el que la implantación y la innovación se refuerzan entre sí.
China se encuentra en una posición idónea para aprovechar estas ventajas, ya que combina una amplia reserva de talento con oportunidades de implantación excepcionalmente amplias. Según el MacroPolo Archive, el 38% de los investigadores que publican trabajos en las principales conferencias sobre IA cursaron sus estudios universitarios de grado en China, frente al 24% en Estados Unidos. Muchos se trasladaron posteriormente a Estados Unidos, pero el flujo es cada vez más bidireccional.
Esta reserva de talento se extiende por una densa base industrial. Las aplicaciones en el sector manufacturero, la logística, el comercio electrónico, las finanzas, la atención de la salud y los vehículos inteligentes permiten a las empresas pasar rápidamente de los modelos a los casos de uso y, a partir de estos, desarrollar mejores modelos. No ha de sorprender, por tanto, que el Informe sobre el índice de IA de 2026, de la Universidad de Stanford, concluyera que, para marzo de 2026, la brecha entre los principales modelos estadounidenses y chinos se había reducido al 2,7%.
Buscar nuevos mercados
El factor impulsor externo es la fragmentación geopolítica.La economía mundial se ha resentido, pero China ha respondido adoptando un modelo de crecimiento más autosuficiente. Las empresas chinas han encontrado nuevas vías para acceder a la demanda mundial, reduciendo así su dependencia de un único mercado. La participación de Estados Unidos en el comercio de China cayó del 12,6% en 2020 al 8,8% en 2025, mientras que aumentaron las participaciones de Asia Sudoriental, África y América Latina. Los controles de las exportaciones y las restricciones tecnológicas han acelerado la innovación interna y la modernización industrial. En 2025, las importaciones y exportaciones chinas de productos de alta tecnología crecieron un 11,4% y aportaron casi el 60% del crecimiento total del comercio.
Los shocks geopolíticos y energéticos han debilitado la capacidad de oferta en otras regiones. En 2025, por ejemplo, las importaciones de la Unión Europea procedentes de China ascendieron a EUR 558.800 millones, un 54% más que en 2019, mientras que sus exportaciones a China disminuyeron hasta EUR 199.500 millones, un 14% por debajo del máximo alcanzado en 2022. Mientras, la proporción de las importaciones de la Unión Europea procedentes de China aumentó del 18,7% en 2019 al 22,3% en 2025: los vehículos eléctricos, las baterías, los productos solares y los productos químicos representaron alrededor del 70% de ese incremento.
Este cambio obedece en parte a la modernización de China y en parte a la situación en Europa: el aumento de los costos energéticos debilitó la industria química y otras industrias de alto consumo energético, pero la transición verde incrementó la demanda de equipos que China podía suministrar a gran escala. Esto indica que los resultados comerciales reflejan, al menos en parte, lo que otras economías pueden o no producir de forma competitiva.
Reciclar el superávit
Hay quien interpreta el superávit comercial de China como una prueba de que el exceso de producción está desplazando la producción de otros países. No obstante, la mera aritmética comercial no permite determinar esa dirección de la causalidad. Por definición, el saldo en cuenta corriente de un país equivale a su ahorro nacional menos la inversión interna. Sin embargo, esa misma identidad contable admite dos explicaciones opuestas: el exceso de producción de China puede desplazar la producción de otros países, o bien la debilidad de la producción y el exceso de gasto en el exterior pueden generar demanda de bienes chinos. En la práctica, ambos mecanismos pueden operar simultáneamente.
Aun así, las autoridades económicas no pueden desatender la reacción geopolítica adversa —en forma de aranceles y otras restricciones— que el creciente superávit de China ha provocado entre sus socios comerciales. El propio éxito del país entraña riesgos para su modelo de crecimiento.
¿Cómo podría resolverse esta tensión? Una posibilidad es reciclar una mayor proporción del superávit destinándolo a inversión productiva en el exterior. A principios de la década de 2000, gran parte del superávit se invertía en títulos del Tesoro de Estados Unidos y otros activos denominados en dólares. Sin embargo, el excedente de ahorro chino se invierte cada vez más en fábricas e infraestructuras, lo cual crea empleo, fortalece las cadenas de suministro locales y favorece la modernización industrial. En 2025, Alibaba Cloud inauguró un tercer centro de datos en Malasia, BYD avanzó en la construcción de su primera planta europea de vehículos de pasajeros en Hungría, y GE Appliances, propiedad de Haier, anunció una inversión de USD 3.000 millones para ampliar su capacidad manufacturera en Estados Unidos.
Robot para inspección de tuberías industriales exhibido en la Cumbre China Digital. Foto: Getty Images/Zhang Bin/China News Service/VCG.
Reequilibrio interno
El reciclaje externo del superávit puede aliviar las presiones, pero no puede sustituir al reequilibrio interno. Junto con las transiciones verde y digital, un modelo de crecimiento más duradero requiere una tercera transición: hacia un mayor ingreso de los hogares y un consumo basado en los servicios. Sin este cambio, la transformación de China corre el riesgo de adoptar una forma de K cada vez más acusada, en la que los hogares más ricos concentren una proporción de la riqueza cada vez mayor que la de los hogares más pobres.
Los nuevos factores impulsores del crecimiento interno no han crecido lo suficiente como para sustituir por completo al sector inmobiliario como fuente de ingreso, empleo y demanda agregada. En 2025, la industria automovilística china generó ingresos superiores a RMB 11 billones, por encima de las ventas inmobiliarias, que cayeron hasta unos RMB 8 billones, frente a RMB 18 billones registrados en 2021.
Sin embargo, los ingresos no equivalen al valor agregado contabilizado en el PIB. Los ingresos miden las ventas brutas; el PIB, en cambio, solo contabiliza el valor agregado, es decir, el valor de la producción una vez descontados los insumos intermedios. Las ventas de automóviles incluyen un gasto considerable en componentes y otros insumos, y sus márgenes son relativamente estrechos. La promoción inmobiliaria, en cambio, transforma terrenos de escaso valor en edificios de alto valor. La fabricación de automóviles aportó apenas alrededor del 1,6% del PIB, muy por debajo del 6% correspondiente al sector inmobiliario. Más importante aún, la contracción del sector inmobiliario desde mediados de 2021 ha lastrado la demanda interna debido al deterioro de las finanzas de los gobiernos locales, los efectos de riqueza negativos y la disminución del empleo.
La transición digital puede agudizar la desigualdad del ingreso y el desplazamiento de mano de obra. La IA puede aumentar la productividad, pero, si esos aumentos superan el crecimiento del empleo y los salarios, la desigualdad del ingreso se agravará aún más. Este problema no es exclusivo de China, pero reviste especial importancia en este país: si los aumentos de productividad no se traducen en mayores ingresos y un mayor consumo de los hogares, una proporción más elevada de la producción tendrá que ser absorbida en el exterior, lo cual ampliaría un superávit externo ya de por sí considerable justo cuando los socios comerciales se muestran menos dispuestos a aceptarlo.
Por tanto, la política macroeconómica desempeñará un papel esencial en la transición. El fortalecimiento de la protección social y los servicios públicos es fundamental para esa tercera transición y ayudaría a evitar que se acentuara la forma de K de la economía. Un mayor gasto en pensiones, atención de la salud, servicios de cuidado infantil, educación y seguro de desempleo reduciría el ahorro por precaución y convertiría el consumo en una fuente más fiable de demanda.
La política económica también debe sanear los balances para reducir el sobreendeudamiento. Cuando los hogares, los gobiernos locales y las empresas vinculadas al sector inmobiliario procuran reducir su deuda, unas tasas de interés más bajas no se traducen fácilmente, por sí solas, en un aumento del endeudamiento o del gasto. La reestructuración de la deuda, en especial la de los gobiernos locales y las empresas de toda la cadena de valor del sector inmobiliario, contribuiría a restablecer la disponibilidad de crédito.
Una reforma más profunda
Las ventajas de China, tanto por el lado de la demanda como por el de la oferta, la sitúan en una posición idónea para emprender la transición hacia un nuevo modelo impulsado por las tecnologías verdes y digitales. Esas fortalezas cobran mayor importancia hoy en día porque las revoluciones verde y digital favorecen los grandes volúmenes de producción y porque, en un contexto de fragmentación geopolítica, la resiliencia es cada vez más importante. Esto —y no los subsidios— explica el superávit comercial sin precedentes de China.
Sin embargo, solo unas reformas más profundas permitirán sostener la transición y el superávit. El consumo de los hogares en China aumentó de alrededor del 35% del PIB en 2010 al 40% en 2024, pero aún se encuentra muy por debajo del promedio del 53% en los países de ingreso mediano. Un mayor ingreso de los hogares, una protección social más sólida, un mayor consumo de servicios y más inversión productiva en el exterior contribuirán a reequilibrar el crecimiento. Si China logra acompasar la modernización industrial con el reequilibrio interno, los beneficios se extenderán más allá de sus fronteras: una economía china más sólida y un suministro más fiable de tecnologías asequibles en un mundo cada vez más incierto.