Históricamente, algunos países adoptan reformas de mercado y otros hacen lo opuesto. En la mayoría de los casos, las decisiones que toman los distintos países no parecen ceñirse a un patrón claro.
Pero hoy vemos una tendencia más definida en las políticas que persiguen las economías de mercados emergentes y en desarrollo: los países financieramente más frágiles buscan aplicar reformas de mercado disciplinadas y algunas de las economías que tradicionalmente son más estables parecen estar haciendo lo contrario. Llamémoslo “tráfico bidireccional” de los mercados emergentes.
Este año es notable por la gran cantidad de economías de mercados emergentes financieramente frágiles que adoptaron reformas económicas encaminadas a eliminar vulnerabilidades. Argentina, Ecuador, Egipto, Etiopía, Kenya, Nigeria, Pakistán, Sri Lanka y Türkiye son algunos de los países que se están esforzando por eliminar distorsiones en los mercados cambiarios, frenar el crecimiento de la deuda pública, acumular reservas de divisas y sentar las bases de un crecimiento sostenible.
Al mismo tiempo, varias economías de mercados emergentes de ingreso mediano con fundamentos macroeconómicos más saludables y relaciones más estables con los mercados internacionales de capital están adoptando —o aparentemente preparándose para adoptar— políticas más laxas que amenazan con hacer peligrar los balances del sector público y hacer subir las primas por riesgo país. A este grupo pertenecen Brasil, Hungría, Indonesia, México, Polonia y Tailandia, entre otros.
Los precios de los bonos de los mercados emergentes reaccionaron de manera previsible a estas tendencias: los diferenciales de crédito de los países frágiles que están mejorando se redujeron desproporcionadamente. En los primeros nueve meses de 2024, la deuda soberana denominada en dólares de las economías de mercados emergentes con un grado inferior al de inversión rindió más del 15%; en el mismo período, la inversión en países más solventes generó menos del 5%.
Los bonos de alto rendimiento pueden redituar más de 10 puntos porcentuales por encima de los activos con grado de inversión en los primeros nueve meses de un año civil, pero es un fenómeno poco usual. Durante las tres últimas décadas, ocurrió apenas tres veces, en 1999, 2003 y 2009.
Secuelas de una crisis
Lo que tienen en común estos episodios históricos es que siguieron a una crisis de algún tipo. Intuitivamente, esto tiene sentido: cuando pasada una crisis el mercado recupera el apetito de riesgo, los inversionistas tienden a sesgar sus carteras hacia países más riesgosos que se beneficiarán desproporcionadamente del afianzamiento de la confianza.
Pero la situación actual es distinta, dado que no ha habido una crisis financiera profunda, ni en los mercados emergentes ni en el mundo en general. De hecho, el stock de deuda soberana en mora representó apenas el 0,5% del PIB mundial el año pasado, según la base de datos que mantienen el Banco de Canadá y el Banco de Inglaterra. Es verdad que ese porcentaje era más bajo hace unos años, pero las situaciones de incumplimiento son mucho menos numerosas que a fines de la década de 1980, cuando acumulaban más del 2% del PIB mundial.
Una explicación es que los peligros que acarrean los gigantescos flujos de capital volátiles están mucho mejor controlados hoy que en las décadas de 1970 y 1980, gracias a que muchas economías en desarrollo aprendieron dos lecciones importantes: mantener los déficits en cuenta corriente dentro de sus límites y acumular reservas de divisas.
La primera busca resguardar a los países frente a la “vulnerabilidad ante los flujos” producida por una dependencia excesiva del financiamiento externo, y la segunda los protege frente a la “vulnerabilidad del stock” que se materializa si no hay suficientes dólares en reserva cuando las fuentes de financiamiento se agotan.
Esto quizás explique en parte por qué tantos países financieramente frágiles han acogido la reforma. Los beneficios de estar autoasegurado —y la necesidad de limitar tanto la vulnerabilidad del stock como la vulnerabilidad ante los flujos— hoy son tan conocidos que los países frágiles quizás estén internalizando la idea de que vivir permanentemente más allá de sus medios no es una política viable, sobre todo cuando Estados Unidos está endureciendo la política monetaria.