Jeffry Frieden pondera los costos y beneficios de la coerción económica, y sostiene que esta puede erosionar la eficiencia, la innovación, la credibilidad e incluso la cohesión interna. Por su parte, Kim Ruhl afirma que es fundamental reforzar la resiliencia geoeconómica, incluso a costa de una menor eficiencia. Argumenta que, para hacer frente a las medidas no comerciales que adoptan sus adversarios, Estados Unidos debe recurrir a aranceles, sanciones y estrategias industriales como herramientas para orientar la diplomacia económica.
Para quienes dependen de las grandes potencias, es mucho lo que está en juego. Los países de África subsahariana se enfrentan a una reducción de la ayuda y al desmoronamiento de la arquitectura multilateral de paz, según afirma Gedion Timothewos, ministro de asuntos exteriores de Etiopía. Pero aun así no descarta oportunidades para aprovechar la carrera mundial por los minerales críticos de África. N. K. Singh sostiene que las potencias intermedias, como la India, pueden influir en el nuevo orden mundial si forjan alianzas en torno a cuestiones concretas. Y Beatrice Weder di Mauro insta a Europa a que deje de considerarse una potencia intermedia y empiece a actuar como la gran potencia que es en virtud de su peso económico.
Otros autores examinan cómo las rivalidades inciden en la cooperación. Para Aaditya Mattoo, Michele Ruta y Robert Staiger, la competencia geopolítica no supone necesariamente el fin de la cooperación comercial, pero sí exige un replanteamiento de las reglas. El sistema multilateral tiene que admitir las rivalidades geopolíticas, y a la vez evitar guerras comerciales perjudiciales y proteger a los países neutrales.
El denominador común que surge es claro: la resiliencia es importante, pero también lo es actuar con mesura. Una dependencia excesiva puede ser una vulnerabilidad, mientras que una fragmentación excesiva pone en peligro las enormes ventajas económicas de la cooperación. La clave está en encontrar un equilibrio: diversificar y cooperar cuando sea posible, y preservar las instituciones que permiten que el poder sea predecible y no arbitrario. Un compromiso común con las reglas de juego es, en definitiva, lo que mantiene conectada a la economía mundial.
Pero es probable que la geoeconomía no sea una tendencia pasajera. Se trata más bien de un cambio estructural en la forma en que los países buscan garantizar la seguridad, el crecimiento y la influencia en un mundo cada vez más competitivo. El pensamiento económico debe evolucionar en función de lo que sucede en el mundo real y tener en cuenta estas fuerzas, al tiempo que las autoridades hacen frente a un mundo cada vez más volátil.
En el resto de la revista hay mucho más por descubrir: distintos enfoques y análisis sobre algunos de los desafíos económicos mundiales más acuciantes. Espero que los artículos estimulen nuevas ideas, inviten a la reflexión y enriquezcan el debate.