El fuerte repunte de los precios del petróleo tras la reciente guerra en Oriente Medio evoca los recuerdos de la década de 1970. El cierre de facto del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente una cuarta parte del comercio marítimo de petróleo, supone un fuerte shock de oferta a escala mundial. La magnitud del daño dependerá en gran medida de cuánto se prolongue la disrupción. Antes de que esta se produjera, los mercados petroleros contaban con una oferta holgada; además, la liberación de reservas estratégicas sumó barriles a la oferta y el dinamismo de los mercados financieros contribuyó a limitar un endurecimiento generalizado de las condiciones financieras.
Más allá de estos mecanismos de amortiguamiento inmediatos, hay dos factores estructurales que también han contribuido a mitigar el impacto. En primer lugar, el nivel de eficiencia energética de la economía mundial es mucho mayor que hace 50 años. La energía que se requiere ahora para producir cada dólar del producto es aproximadamente la mitad que en 1980. En segundo lugar, el sistema energético está mucho más diversificado. La proporción del petróleo en la matriz energética ha disminuido desde cerca de la mitad en 1973 a menos de un tercio en la actualidad. El petróleo sigue siendo el combustible más utilizado en el mundo, pero ya no ocupa una posición dominante.

Aun así, estos mecanismos de amortiguamiento no protegen por igual a todos los países. En definitiva, la gravedad del shock en cada país depende de dos factores: el grado en que la economía depende de las importaciones de petróleo y el margen de maniobra del que dispone el gobierno para reaccionar. Más del 80% de los países son importadores netos de petróleo, y los más vulnerables iniciaron este episodio con poco margen en sus presupuestos públicos para proteger a los hogares y las empresas. Por ello, un mismo shock global puede tener un impacto nacional mucho más severo allí donde la dependencia de las importaciones es alta y el margen de respuesta es reducido.

Este artículo se basa en el discurso pronunciado el 9 de abril de 2026 por la Directora Gerente del FMI Kristalina Georgieva.