A lo largo de la historia, las grandes potencias han utilizado su influencia económica para imponer su voluntad a otros países. Los Medici, la dinastía de banqueros originaria de Florencia, marcaron la política del Renacimiento gracias a su hegemonía financiera, mientras que la Gran Bretaña de la época imperial se sirvió de su dominio comercial para mantener unido su imperio y proyectar su poder en todo el mundo. Hoy Estados Unidos bloquea el acceso a los mercados financieros o insta a sus aliados a imponer controles a la exportación de tecnologías esenciales, mientras que China amenaza con restringir el suministro de tierras raras para ampliar su influencia. Estos son ejemplos de geoeconomía; es decir, el uso de las relaciones financieras y comerciales para alcanzar objetivos geopolíticos y económicos.
Ante el reciente recrudecimiento de la competencia entre grandes potencias y el uso cada vez más frecuente de aranceles, sanciones y controles a la exportación, es esencial que las autoridades entiendan la geoeconomía en un mundo cada vez más volátil. El uso del poder geoeconómico puede fomentar la cooperación y la prosperidad, pero también puede provocar fragmentación y desintegración. Por ello, es importante comprender tanto su potencial como sus inconvenientes.
Los inicios del estudio académico de la geoeconomía suelen situarse en 1945, cuando el economista Albert Hirschman publica La potencia nacional y la estructura del comercio exterior. En esta obra, el autor analiza cómo la Alemania nazi organizó su economía para maximizar su influencia sobre los países vecinos durante el período de entreguerras. Hirschman rechaza la visión ingenua de que, dado que el comercio es voluntario y mutuamente beneficioso, resulta inofensivo desde el punto de vista geopolítico. Además, el autor sostiene que los beneficios pueden ser recíprocos sin ser necesariamente simétricos, y precisamente la asimetría es lo que genera el poder.
Desde la época de Hirschman, los economistas han dejado en gran medida el estudio de las dinámicas del poder global a politólogos e historiadores, quienes han liderado el desarrollo de este campo de investigación. Si bien casi todos los estudiantes de economía conocen el índice Herfindahl-Hirschman, pocos saben que se creó para cuantificar el poder económico de las naciones, no de las empresas. Quizás existía la sensación de que, con el orden mundial instaurado tras la Segunda Guerra Mundial, se habían dejado atrás esas preocupaciones.
Hoy, ante la creciente competencia entre grandes potencias, la geoeconomía se ha convertido en un fenómeno imposible de ignorar, y los economistas tienen a su disposición nuevas herramientas, como el análisis de redes y teorías modernas de juegos, del comercio internacional y de la macroeconomía. Nuestra línea de investigación pretende ofrecer un marco de modelización económica adecuado para la geoeconomía. El objetivo no es solo lograr claridad teórica sobre las fuentes y los canales del poder, sino también contar con la capacidad de contrastar los modelos con los datos y de dotar de rigor a los escenarios contrafactuales.
El poder geoeconómico
¿Cómo desarrollan los países su poder geoeconómico? Supongamos que el país A suministra productos semimanufacturados al país B. El primero podría amenazar con retener esos bienes si el segundo no accede a sus exigencias. Si los productos semimanufacturados son suficientemente importantes y es bastante difícil conseguirlos en otros lugares y, como resultado, al país B le conviene más aceptar las exigencias del país A que hacer frente a la materialización de su amenaza, entonces el país B accedería a ellas.
La amenaza de retener un único insumo puede surtir efecto; sin embargo, es más eficaz cuando el país que la impone controla múltiples relaciones económicas. Un país que controla varios insumos relacionados, como productos semimanufacturados y capital extranjero, ejerce un mayor poder, ya que puede infligir mayores pérdidas al país afectado. Por eso suele hablarse de “potencias hegemónicas” al referirse a países como Estados Unidos y China. Una potencia hegemónica utiliza estas amenazas conjuntas para ejercer poder sobre las empresas y los gobiernos de su red y exigirles que adopten medidas costosas. Estas pueden consistir en transferencias monetarias, modificaciones de los márgenes de beneficio y recargos sobre los préstamos, pero también en medidas de política económica como restricciones comerciales (por ejemplo, aranceles y cuotas) o concesiones políticas.
Pensemos en cómo China ha organizado su Iniciativa de la Franja y la Ruta. Pekín ofrece a las economías en desarrollo paquetes que combinan préstamos, proyectos de infraestructuras y acceso a productos manufacturados. Si un país prestatario incumple sus pagos, corre el riesgo de perder todas estas relaciones a la vez. Este efecto simultáneo refuerza el poder geoeconómico de China. A cambio, Pekín podría exigir concesiones políticas, como una mayor convergencia en cuestiones geopolíticas clave.
Al poder de las potencias hegemónicas se suma su capacidad para influir en países ajenos a su red y reconfigurar el equilibrio mundial para consolidar aún más su poder. Por ejemplo, cuando Estados Unidos presionó a las empresas y los gobiernos europeos para que dejaran de utilizar la tecnología 5G de Huawei, las denominadas “externalidades de red” amplificaron el impacto. Dado que el valor de una red de telecomunicaciones aumenta cuanto mayor es su difusión, el hecho de que algunos países rechazaran a Huawei hizo que la tecnología resultara menos atractiva para otros, incluidos aquellos a los que Estados Unidos no podía presionar directamente.
Cuellos de botella y dependencias
Los insumos se denominan “cuellos de botella” o “dependencias críticas” cuando la potencia hegemónica controla una cuota de mercado dominante de ese insumo en la economía en cuestión y resulta difícil encontrar alternativas al suministro de esa potencia hegemónica. Por ejemplo, Estados Unidos y sus aliados controlan una parte abrumadora de los servicios financieros a nivel mundial, que en muchos países supera el 80% y el 90%. Los sistemas de pago, la infraestructura de liquidación y los préstamos denominados en dólares son pilares básicos para el funcionamiento de una economía. La falta de alternativas viables a la infraestructura financiera estadounidense confiere a este país un poder geoeconómico considerable. Recientemente, Estados Unidos ha ejercido este poder imponiendo sanciones financieras de amplio alcance a Irán y Rusia, presionando a HSBC para que revele las transacciones vinculadas a Huawei y restringiendo el acceso de los bancos rusos al sistema de mensajería SWIFT para las transacciones financieras internacionales.
Sin embargo, hay un matiz importante. La relación entre el control de un sector y el poder geoeconómico no es lineal; más bien, el poder aumenta de forma desproporcionada a medida que una potencia hegemónica se aproxima al control total. La diferencia entre controlar el 95% y el 85% de un insumo es exageradamente alta. Con un 95%, la economía objetivo carece prácticamente de alternativas viables y debe aceptar cualquier condición que le imponga la potencia hegemónica. Con un 85%, hay suficiente margen para que la economía objetivo tenga alternativas viables, y la influencia de la potencia hegemónica se desvanece con rapidez.
Las autoridades estadounidenses suelen consolarse con el hecho de que el dólar sigue dominando y de que las alternativas chinas al sistema financiero occidental continúan siendo marginales. Según los indicadores habituales, China representa una pequeña parte del sector de los servicios financieros a nivel global. El argumento es que, incluso si China prestara el 10% de los servicios financieros básicos en todo el mundo, seguiría estando a años luz del dominio estadounidense.
Este razonamiento es correcto en lo que respecta a las cuotas de mercado, pero erróneo en lo relativo al poder. Existe una diferencia entre la relevancia macroeconómica y la relevancia geoeconómica. En una economía de tamaño mediano, la existencia de un proveedor alternativo con tan solo un 10% de cuota de mercado basta para resistir gran parte de la coerción que puede ejercer una potencia dominante. Una parte desproporcionada de la pérdida de poder estadounidense provendría de una alternativa china que aumentara su cuota de mercado del 1% al 10%; a partir de ahí, nuevos aumentos en esta cuota de mercado provocarían una pérdida cada vez menor del poder de Estados Unidos.
La preparación de Rusia ante las sanciones occidentales ilustra esta dinámica. Tras la anexión de Crimea en 2014, Rusia tomó medidas para reducir su dependencia de la coalición liderada por Estados Unidos, desarrollando su sistema de pagos nacional y conectándose a los sistemas chinos. Como consecuencia, el poder financiero de la coalición liderada por Estados Unidos sobre Rusia se redujo considerablemente. Este ejercicio de preparación explica en parte el efecto relativamente moderado de las amplias sanciones financieras impuestas a partir de 2022: Rusia ya había desarrollado una alternativa lo suficientemente eficaz como para contrarrestar los efectos de ese instrumento de presión.
China y la India están siguiendo el ejemplo de Rusia con la creación de sistemas de pago y liquidación alternativos. En verdad es poco probable que estos sistemas sustituyan a la arquitectura centrada en el dólar, pero la cuestión no es si pueden rivalizar con el dólar en todos los frentes, sino si pueden ser lo suficientemente viables como para reducir de manera significativa la influencia de Estados Unidos en términos marginales. Los mercados emergentes no están solos. Los países de la zona del euro están promoviendo una moneda digital con la esperanza de lograr una mayor soberanía monetaria y reducir su dependencia de la infraestructura financiera estadounidense.