Motivo de preocupación
No todos los déficits o superávits son problemáticos. Algunos pueden ser un resultado natural e incluso deseable de la asignación eficiente de recursos, si el capital fluye desde economías avanzadas que envejecen hacia economías en desarrollo más jóvenes y dinámicas. La preocupación surge cuando los desequilibrios se vuelven excesivos y tienen sus raíces en distorsiones persistentes que plantean riesgos graves para la estabilidad económica y financiera mundial.
Cuanto más tiempo dependan del endeudamiento externo, más vulnerables serán los países deficitarios a cambios bruscos en las condiciones financieras mundiales. Si los inversionistas pierden la confianza o el financiamiento se encarece, los flujos de capital pueden revertirse repentinamente. El resultado suelen ser una depreciación de la moneda, tensiones financieras y recesión económica, tal y como ocurrió en México a principios de la década de 1990 y más tarde en esa misma década en Asia Oriental.
Los países con superávit no se enfrentan a los mismos riesgos de corrección, pero sus políticas pueden acarrear consecuencias para otros países al cabo de un tiempo. Cuando los superávits reflejan una demanda interna floja, sistemas financieros insuficientemente desarrollados o políticas que incentivan el ahorro, podrían ser indicativos de que el país está utilizando sus recursos de forma ineficiente. Un ahorro excesivo de los países superavitarios canalizado hacia el exterior ejerce presión a la baja sobre las tasas de interés y los precios a nivel mundial.
Si los superávits son consecuencia de políticas dirigidas a reforzar la competitividad de las exportaciones, los efectos desinflacionarios de unas exportaciones más baratas pueden ayudar a los socios comerciales que estén batallando contra una inflación elevada, pero suponen una carga para los socios comerciales que ya se estén enfrentando a una demanda débil o para aquellos cuyas industrias compitan directamente con las de la economía superavitaria, al lastrar su crecimiento económico.
Los mercados financieros pueden castigar a los países con déficits persistentes y corregir sus desequilibrios porque son capaces de empujar a la baja el valor de sus monedas y elevar los costos de endeudamiento, pero no hay fuerzas de mercado comparables que puedan disciplinar a los países con superávits persistentes.
A nivel mundial, los desequilibrios pueden amplificar los ciclos financieros. Las afluencias de capital alimentan los auges crediticios e inflan los precios de los activos en los países deficitarios, mientras que los países superavitarios acumulan grandes carteras de activos externos que son sensibles a los tipos de cambio y las tasas de interés. Estas dinámicas pueden debilitar el sistema.
Medidas de lado y lado
Si no se vigilan, los desequilibrios mundiales también pueden avivar las tensiones geopolíticas. El cierre de plantas, la pérdida de puestos de trabajo y otros trastornos que se produzcan en comunidades o sectores expuestos al aumento de las importaciones pueden alimentar la percepción de que las condiciones en las que se compite no son igualitarias, reforzando así el apoyo a los aranceles comerciales y otras medidas proteccionistas.
Así pues, surge el interrogante de cómo debería gestionar el mundo los desequilibrios persistentes. Los países podrían sucumbir a la tentación de aplicar el proteccionismo de forma unilateral como atajo para lograr el reequilibrio. Ahora bien, los efectos de unos aranceles más altos y otro tipo de barreras al comercio sobre los saldos externos son débiles y poco fiables, porque inciden poco sobre los motores subyacentes del ahorro y la inversión. En cambio, las medidas proteccionistas sí que pueden desencadenar represalias del tipo ojo por ojo que pueden perturbar aún más la economía mundial.
Para obtener un resultado más equilibrado hace falta que ambas partes tomen medidas. Los ajustes no son nunca cosa de un solo país. A fin de cuentas, el déficit de un país es el superávit de otro, y las variaciones en los patrones de ahorro e inversión de una economía afectan a los resultados en otras.
Los países con déficit deben fortalecer el ahorro y asegurar que el endeudamiento apoye la inversión productiva. Los países con superávit deben impulsar la demanda interna o reducir el ahorro excedente. Cuando estos ajustes se dan al mismo tiempo, los desequilibrios pueden reducirse y favorecer el crecimiento mundial.
Un enfoque equilibrado como este facilitaría un ajuste ordenado: el ahorro y la inversión se modifican gradualmente, ayudados por cambios en las políticas y unas condiciones financieras estables; los tipos de cambio se ajustan; la demanda interna se reequilibra, y las brechas externas se reducen sin que se produzcan grandes perturbaciones. De hecho, las reformas impulsadas por las políticas cuyo objetivo sea corregir las distorsiones internas podrían reportar un doble beneficio: por un lado, estimular el crecimiento y, por otro, aminorar los desequilibrios en el extranjero.
La alternativa es un ajuste desordenado, desencadenado por cambios repentinos en la confianza del mercado o las condiciones financieras. Un cambio de sentido en los flujos de capital impondría una corrección rápida de los déficits y una contracción abrupta del producto y, potencialmente, resultaría en una grave crisis financiera con una pérdida significativa de producto a nivel mundial.
Decisiones cotidianas
Los desequilibrios mundiales no son el resultado de fuerzas misteriosas sino producto de decisiones económicas cotidianas: cuánto ahorrar, cuánto invertir y cómo planificar el futuro. Así pues, reflejan el hecho de que los países, al igual que los hogares, no siempre gastan exactamente lo que ganan.
En el mejor de los casos, los desequilibrios permiten a los países compartir riesgos, suavizar el consumo y asignar el capital de forma eficiente a través de las fronteras. En cambio, en el peor de los casos, son reflejo de las distorsiones internas, crean vulnerabilidades y entrañan el riesgo de un costoso reajuste. Al final, el hogar ahorrador y el vecino que pide prestado tendrán que renegociar su acuerdo. La cuestión es si pueden hacerlo sin provocar una crisis que ninguno de los dos desea.
Ese es el desafío permanente que alberga la economía mundial, y la razón por la que el “problema internacional secular” de Keynes persiste a día de hoy.